Hoy la lectura es el medio más importante
para explorar el corazón del hombre,
proponer ideas, abrir horizontes y acrecentar la conciencia; para crear,
conservar y difundir conocimientos; para construir y sostener la civilización.
No basta con alfabetizar a una persona.
Después de haberla alfabetizado es preciso formarla como lector: acostumbrarla
a leer. A leer en serio, obras cada vez más importantes, de cualquier índole y
además obras literarias.
No simplemente libros de consulta,
historietas ni novelitas corrientes, porque esa lectura es demasiado sencilla;
exige muy poco del lector; no lo ejercita en el manejo del lenguaje, que se
traduce en el manejo de las ideas, de los sentimientos y las emociones. Y ese uso del lenguaje es necesario no sólo
para leer poesía y grandes novelas o cuentos, sino para resolver los problemas
en otros campos, como la política, las finanzas, la medicina, la ingeniería a
final de cuentas, puede contribuir a mejorar cualquier actividad.
Un lector se forma de la misma manera que un
jugador de dominó o de ajedrez. La lectura auténtica es un hábito placentero,
es un juego, nada es más serio que un juego. Hace falta que alguien nos inicie.
Que juegue con nosotros.
Que nos contagie su gusto por jugar. Que nos
explique las reglas. Falta que alguien
lea con nosotros. En voz alta, para que aprendamos a dar sentido a nuestra
lectura; para que aprendamos a reconocer lo que dicen las palabras. Con gusto,
para que nos contagie. La costumbre de leer no se enseña, se contagia. Si queremos formar lectores hace
falta que leamos con nuestros niños, con nuestros alumnos, con nuestros
hermanos, con nuestros amigos, con la gente que queremos. Se aprende a leer
leyendo.
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